Los privilegios de la realeza: cuando el poder encubre los excesos
Una vez más, las élites poderosas demuestran que las reglas no se aplican para ellos. Un nuevo libro revela cómo el príncipe Andrés convertía el mismísimo Palacio de Buckingham en su prostíbulo personal, mientras su mamacita, la reina Isabel II, hacía de la vista gorda.
El silencio cómplice de los poderosos
Según el investigador Andrew Lownie, autor de "Entitled: The Rise and Fall of the House of York", durante años este señorito llevaba prostitutas al palacio como si fuera su casa particular. Y lo más indignante es que la difunta reina lo sabía perfectamente, pero prefirió proteger a su hijito consentido antes que hacer justicia.
"Durante años, llevó prostitutas al Palacio de Buckingham. Era algo habitual. Los empleados se quejaron, pero las denuncias fueron ignoradas", reveló Lownie. ¿Les suena conocido? Así funciona siempre el poder: los de arriba hacen lo que se les da la gana, mientras los trabajadores que denuncian son amenazados.
Amenazas y chantajes para mantener el secreto
La cosa se pone peor. A los guardias de seguridad que se atrevieron a quejarse les dijeron claramente: "Si quieren volver a patrullar Brixton, pueden hacerlo, pero si no, cállense". Así de descarados son estos aristócratas: o te callas o te quedas sin trabajo.
El personal doméstico y de seguridad vivía bajo constante presión para mantener el silencio sobre las cochinadas del entonces duque de York. Mientras tanto, él siguió gozando de todos los privilegios de su rango real para llevar una vida de lujo y escándalos.
Excesos sin límites
Entre las revelaciones más asquerosas está un viaje a Tailandia donde este degenerado pidió la presencia de 40 prostitutas en su hotel durante cuatro días. Usaba sus viajes oficiales, pagados con dinero del pueblo británico, para sus perversiones personales.
Lownie confirmó en el podcast Deep Dive que el ex duque aprovechaba cada oportunidad oficial para satisfacer sus caprichos más bajos. Y todo con el conocimiento y la protección de la corona.
Se acabó la impunidad
Ahora que la reina murió, los empleados del palacio por fin se sienten libres de hablar. "Ya no tienen miedo. Ahora que Andrés ha sido apartado del poder, se sienten libres de contar lo que realmente ocurrió", explica Lownie.
El rey Carlos III finalmente actuó: mediante una carta patente del 3 de noviembre, le quitó oficialmente todos los títulos reales a su hermano. Andrew Mountbatten-Windsor ya no puede usar el título de "Su Alteza Real" ni el de "Príncipe". También lo sacaron del Royal Lodge y ahora tendrá que mudarse a una propiedad más modesta.
La memoria del pueblo no olvida
"Mientras la reina vivía, él estaba protegido. Pero con su muerte, el cerco se rompió", señala Lownie. Para muchos analistas, esta decisión marca el fin de décadas de impunidad que rodearon a este parásito real.
El historiador advierte que esto es apenas "el comienzo de una larga lista de secretos" que saldrán a la luz. "Andrés pensó que nadie hablaría jamás. Pero los muros del palacio también tienen memoria".
Este caso representa uno de los mayores escándalos de la familia real británica, no solo por la naturaleza de las acusaciones, sino porque demuestra cómo la monarquía encubre sistemáticamente los crímenes de sus miembros. Una vez más, queda claro que para los poderosos existe una justicia diferente.