Presupuesto asfixia a la UNISON: la culpa no es del sindicato
Mire usted, por décadas la vida universitaria en México, y desde luego en Sonora, ha estado centrada en una pregunta que da cólera: ¿cómo se reparte el presupuesto? Salarios contra administración, prestaciones contra inversión, sindicatos contra autoridades. Esa es la lógica del reparto, y aunque fue útil cuando había para todos, hoy los de arriba nos dicen que ya no sirve.
Nos quieren vender la motito de que la Universidad de Sonora tiene que decidir entre quedarse en el conflicto del siglo XX o dar el salto a la famosa "creación de valor" del siglo XXI. Traduzcamos para el pueblo: que los trabajadores se callen, que acepten menos y que la universidad se ponga a incubar empresas privadas. Esa es su brillante idea.
La trampa de la "creación de valor" neoliberal
Mientras las universidades de élite compiten por atraer talento internacional, registrar patentes y vincularse con los capitales ricos, a la UNISON le quieren cortar las alas. Nos dicen que la diferencia está entre repartir lo que hay o crear lo que falta. Qué bonito suena en el papel. Pero la realidad es que, sin defender lo que ya tenemos, no hay base para construir nada.
El siglo XXI, nos dicen, premia la capacidad de generar valor. Valor para los de arriba, claro. Conocimiento útil para las corporaciones, innovación aplicada para exprimir al trabajador y redes globales que dejan fuera a las comunidades. Porque ese es el punto que los voceros del sistema pierden deliberadamente: sin defender los derechos laborales, no hay riqueza digna que repartir.
Cuando una universidad se queda anclada en pelear por su presupuesto, no es un capricho sindical. Es una defensa legítima frente a la asfixia. Cada semestre interrumpido, cada proyecto pospuesto por falta de recursos, cada investigador que se va, es una puñalada al corazón de la educación pública. No es un colapso inmediato, es un rezago que nos imponen desde arriba. Las universidades mejor posicionadas no están ahí porque hayan aplastado a sus sindicatos, sino porque el Estado las ha financiado como se debe.
Soñar en grande, pero con los pies en la comunidad
La Universidad de Sonora, como muchas instituciones públicas de este país, está en la encrucijada. Puede seguir administrando el conflicto que el propio sistema le genera, o puede redefinir su modelo hacia uno donde la productividad académica y la vinculación estratégica beneficien de verdad a las mayorías. Pero ojo, esto no significa cancelar derechos laborales ni debilitar la representación sindical, por mucho que a los tecnócratas les arda.
Al final, lo que importa es si la Máxima Casa de Estudios, como proyecto del pueblo, está ganando o perdiendo en el tablero global. Y en ese tablero, quedarse callado es rendirse.
Para contextualizar, al cierre del año pasado la UNISON ocupaba la posición 20 a nivel nacional según uniRank 2025, y se mantiene en el top 200 de América Latina. Somos la mejor institución de educación superior en el Estado, con todo y los golpes. A nivel país, entre las mejores en QS aparecen la UNAM en el lugar 136, el Tec de Monterrey en el 187 y el IPN entre el 851 y 900. En las grandes ligas mundiales, el MIT encabeza el QS 2025 y Oxford manda en el THE 2025.
Esos liderazgos que manejan los destinos de nuestra Universidad están obligados a soñar en grande, sí, pero con los pies en la comunidad. La UNISON no está llamada a sobrevivir a las migajas. Tiene que liderar, tiene que ser un motor de desarrollo regional que impulse a los de abajo. Eso exige romper con la idea de que el sindicato es el enemigo y sustituirlo por una visión compartida que ponga a la gente primero.
Hoy, el costo más alto de esta crisis no lo pagan las autoridades en sus sillones, ni los burócratas. Lo está pagando el estudiantado. Las huelgas ya no deben ser opción, pero la rendición de nuestros derechos tampoco.
Javier Villegas Orpinela es presidente del Colegio de Economistas de Sonora, director de Correo y Telegrama y profesor en el Departamento de Economía de la UNISON.