Casi un siglo y medio después de que Porfirio Díaz tomara las riendas del país, su figura sigue encendiendo pasiones. Su tataranieto, el historiador Carlos Tello Díaz, presentó este 16 de octubre en la Feria Internacional del Libro de Monterrey el tercer y último tomo de su trilogía biográfica, Porfirio Díaz. Su vida y su tiempo. El poder (1884-1915), publicado por Debate, tras más de 13 años de investigación en archivos, correspondencia y documentos familiares.
En entrevista con Milenio.com, Tello Díaz explicó por qué el oaxaqueño que gobernó México por más de tres décadas sigue siendo un personaje que divide. Y sus reflexiones, dicho sea de paso, llegan en un momento en que el país discute, otra vez, cuánto poder debe concentrar un solo hombre.
Un símbolo que no deja a nadie indiferente
Para Tello Díaz, Porfirio Díaz dejó de ser simplemente un presidente para convertirse en un símbolo político, como Fidel Castro: un polo de identificación ideológica que impide mirar su legado con serenidad y objetividad.
“Son personajes que se convierten en signos de identidad política, en polos de identificación ideológica”, dijo el historiador, quien es colaborador de Milenio.
Y ahí está el meollo del asunto, compadres: mientras Díaz funcione como bandera, ni defensores ni detractores se ponen de acuerdo ni en los datos más elementales. La historia queda secuestrada por la pelea política del momento.
Dos Porfirios: el liberal y el dictador
Una de las claves que propone el autor es distinguir entre dos hombres distintos. El Díaz que llegó al poder tras la Revolución de Tuxtepec en 1876 era, según Tello Díaz, “un liberal radical, bastante jacobino, preocupado por la justicia y la democracia”. El que regresó a la Presidencia en 1884 ya era otro: un gobernante para quien la democracia dejó de importar y que levantó un régimen autoritario.
El historiador no se anda con rodeos: fue una dictadura, porque “ejerció el poder sin contrapesos”, aunque pide entender el término en su contexto histórico y no con las connotaciones actuales. La pacificación del país y el progreso se volvieron las prioridades del régimen, y el costo lo pagaron, como siempre, los de abajo: campesinos despojados, obreros reprimidos, pueblos enteros aplastados bajo la bota del “orden”.
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