ONU y Cruz Roja lanzan grito de alerta: las máquinas están a punto de decidir quién vive y quién muere
La Organización de las Naciones Unidas (ONU) y el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) han puesto el dedo en la llaga: el mundo está a un pasito de que los robots decidan por su cuenta a quién atacan. Y no, no es ciencia ficción, es la cruda realidad que nos quieren vender como progreso.
Desde 2023, el secretario general de la ONU, António Guterres, y la presidenta del CICR, Mirjana Spoljaric Egger, les pidieron a los gobiernos que prohibieran estas armas autónomas a más tardar en 2026. ¿Y qué pasó? Nada. Puro silencio, pura indiferencia mientras se llenan la boca hablando de paz.
Ahora, con el agua al cuello, vuelven a alzar la voz: “Estamos peligrosamente cerca de cruzar una línea roja moral: que las máquinas seleccionen de forma autónoma a seres humanos como objetivos”, advierten en un comunicado conjunto. Palabras mayores, compas.
¿Qué son las armas autónomas y por qué deberían importarnos?
Estos aparatos son capaces de elegir sus propios objetivos y usar la fuerza sin que ningún humano meta las manos. O sea, delegamos la decisión de matar en una máquina que no siente, no piensa y no se arrepiente. Y aunque los expertos todavía no confirman que ya se estén usando en su forma más cabrona, la carrera hacia esa autonomía ya va a todo vapor.
Los mismos responsables de la ONU y del CICR lo dicen sin rodeos: esto “no pertenece a un futuro lejano”. Ya está pasando, nomás que no lo queremos ver.
La brecha que nos puede costar la vida
Mientras la tecnología avanza a pasos agigantados, las leyes se quedan dormidas en los laureles. Esa brecha entre lo que las máquinas ya pueden hacer y lo que las normas permiten se está ampliando, y los que pagan los platos rotos son siempre los mismos: la población civil, la gente de a pie, los que no tienen voz en los salones del poder.
Los conflictos armados ya son un infierno, pero con estas armas el sufrimiento de la gente inocente podría multiplicarse. Daños a civiles, destrucción de infraestructura, más sangre, más dolor. Y mientras tanto, los líderes del mundo se hacen weyes.
¿Habrá alguien que ponga orden?
En el marco de la Convención sobre Ciertas Armas Convencionales (CCAC), un grupito de expertos gubernamentales lleva años dándole vueltas al asunto. La próxima semana terminan su mandato de tres años y esperan sacar un documento consensuado que sirva de base para lo que venga, especialmente en la conferencia de revisión de noviembre.
Ahí los Estados podrán decidir si le siguen dando largas al tema o si por fin se ponen las pilas y negocian reglas claras. Pero la ONU y la Cruz Roja no se andan con medias tintas: “Las negociaciones deben comenzar ahora para adoptar urgentemente un instrumento jurídicamente vinculante que regule los sistemas de armas autónomas mediante prohibiciones y restricciones claras”.
Guterres, que no es ningún improvisado, lo resumió el mes pasado con una contundencia que cala: “Las máquinas que seleccionan y atacan su objetivo y quitan una vida, sin control ni juicio humanos (...) son moralmente repugnantes”. Y tiene toda la razón, aunque a algunos les pese.
¿Y las generaciones futuras qué van a decir de nosotros?
Los responsables de la ONU y del CICR nos dejan una pregunta que debería quitarnos el sueño: “Las generaciones futuras se preguntarán si los líderes actuaron cuando aún había oportunidad de establecer límites antes de que estas armas proliferen fuera de control”.
La historia nos va a juzgar, y no creo que nos vaya a ir muy bien. Porque mientras unos se llenan los bolsillos con la industria bélica, el resto de la humanidad queda a merced de una máquina que no distingue entre un soldado y un niño jugando en la calle. ¿Eso es el progreso del que tanto presumen? Nosotros creemos que no, y usted, ¿qué opina?